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Nos quieren con fiambrera

Vuelve la fiambrera. Sin ella este país no sería lo que es. Es nuestro cordón umbilical con el pasado más inmediato, un recipiente que nos reconfortó el estómago, el bolsillo y el alma en tiempos de dificultad y que nos permite metafóricamente hacer hoy un relato completo del dónde venimos y hacia dónde nos quieren empujar: carne de fiambrera. Solo eso.

Este regreso a las raíces hay que agradecérselo a nuestros prebostes y gobernantes de hoy, gente que mayormente no se reconocen en ese receptáculo minimalista de lo primario. Si supieran lo que significa para gran parte de la gentes de este país quizás no pondrían tanto empeño. Pero no lo saben. O si lo saben lo han olvidado. Es lo que tienen los tiempos, que nadie quiere reconocer que un día también fue pobre.

Uno, que tiene sus años, recuerda con nostalgia aquellas escenas familiares que hicieron posible lo que vino después. En tiempos del tardofranquismo la fiambrera fue la señal que nos anunciaba el cambio. No lo sabíamos entonces, pero sucedió. Este castizo artilugio, mayormente metálico y de aluminio grisáceo, llegó a ser el más fiel compañero en los sueños de los más menesterosos, que eran, éramos, la mayoría.

En las polvorientas carreteras los viejos carros y carretas tiradas por bestias se apartaban a un lado para dejar paso a la incipiente presencia de los nuevos vehículos a motor. El país entero empezó a reconocerse en las gentes que abandonaban el campo camino de las ciudades. En este forzado exilio interior empujados por la escasez, los españoles se travestían en viajeros de las siete leguas surgidos de las profundas simas de la dictadura, gentes que buscaban horizontes limpios. Y libertad. Sobre todo libertad, aunque entonces la palabra estaba casi proscrita del habla de la calle.

Pero nada de aquello habría ocurrido sin la fiambrera, compañera fiel de sudorosas e interminables travesías hacia el paraíso que dejaba entrever una televisión en blanco y negro. En este cuadro no faltó tampoco el viejo seiscientos (lo del Seat 127 y el cuatro latas de Renault se harían esperar). Casi se diría que juntos, fiambrera y seiscientos, lo hicieron posible. Era un país que despertaba de un mal sueño y caminaba muy lentamente hacia el pantalón bombacho, que escuchaba con asombro las notas que salían de los modernos pick-up, un país que mezclaba a Juanito Valderrama con los acordes de los peludos aquellos de The Beatles.

Era aquella, como ahora, una tierra partida en dos: a un lado los que su saneada economía les permitía comer de menú en los primeros restoranes que empezaron a sustituir a las viejas ventas de carretera; al otro, el resto, la gran mayoría, aquellos otros que en interminables viajes familiares, con abuela y niños, parecían sacados de las novelas de Delibes y que miraban a los primeros con sana envidia. Su otro menú era casi siempre el mismo: la sombra de un pino junto a la carretera donde dar cuenta de la tortilla de patatas y la fritá, apetitosos alimentos que salían de viejas fiambreras. Y si acaso, para completar el cuadro, todo ello mezclado con el molesto zumbar de las moscas que esperaban su momento. Así fue como este pequeño, casi insignificante, receptáculo se hizo el aliado necesario de los más humildes. Gracias a ella, a la fiambrera, se pudo ahorrar, el país entero pudo avanzar y millones de españoles soñaron que había otro horizonte donde poder servirse a la hora de la comida.

Ahora, medio siglo después, y con la excusa de los recortes, varias autonomías, con la catalana, la madrileña y la valenciana haciendo cabeza (en esto, como verán, los nacionalismos de uno y otro lado se dan la mano), ahora, decía, nos invitan, mejor, nos exigen, que saquemos del desván del olvido este viejo cachivache para dárselo a nuestros hijos. Y con esta intención están legislando para que regrese a los colegios de Primaria la vieja fiambrera. ¡Qué mejor manera –deben pensar- que dejar claro desde un principio quiénes pueden permitirse comer de menú y quiénes deben mirar otra vez el fondo de sus fiambreras para tratar de ver allí dibujado el horizonte que la historia y sus orígenes sociales les tiene reservado! Y no es una metáfora. Es la cruda realidad.

Pero si supieran que en el fondo de una simple fiambrera son muchos, quizás millones, los que fueron capaces de ver dibujados los sueños que hicieron posible lo que este país es hoy en día, no se atreverían a tanto. Pero no lo saben y, lo que es peor, tampoco parece que les importe. Y, además, creen que nos hemos olvidado. En twitter @plopez58

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