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¿Aborto? A Gallardón sólo le importa Gallardón

Alberto Ruiz-Gallardón ha hecho con la polémica del aborto lo que más sabe: colocarse en el centro del escenario y pedir en medio de la tormenta que los focos giren hacia él. Es lo que mejor se le ha dado siempre. Desde la presidencia de la Comunidad, desde el exilio interior de la alcaldía de Madrid al que un día lo condenara el expresidente José María Aznar durante dos legislaturas, siempre ha sido así.

Casi se diría que el mensaje, como diría McLuhan, era él. Y que por encima de las siglas de su propio partido, por encima del trabajo de sus compañeros, lo importante era siempre Gallardón, sus gestos, sus palabras grandilocuentes. Con esa estrategia ha logrado tener durante un tiempo abonado un buen cartel entre una parte de la izquierda social de este país, la misma que ahora se rasga las vestiduras al descubrir al auténtico Gallardón, una estrategia que, por contra, no le sirvió hasta ahora para ser profeta entre los afines, quienes siempre le vieron como sospechoso y poco de fiar. Esta podría ser la segunda explicación a su renovada puesta en escena.

Ahora, con la inhumana utilización política de la reforma de la Ley del Aborto que pretende dejar fuera de los supuestos los casos de malformaciones del feto anunciada en la entrevista concedida al diario La Razón el fin de semana último, solo estamos ante un nuevo capítulo del mismo guión: una nueva provocación en la cual el aborto y el sufrimiento no parecen lo más importante y solo son peones de otra guerra: la de ganarse el aprecio de los propios. Hacer este llamativo anuncio que tanto ha agradado a lo más montaraz del PP en el medio periodístico que lo hizo no parece tampoco una casualidad.

No de otra manera cabe calificar su propuesta de reforma, en la que algunos han querido ver al Gallardón auténtico, al más conservador, el verdadero facha en palabras de su propio padre –a este respecto el artículo publicado hace algunos meses en el diario El País por el recientemente desaparecido Gregorio Peces-Barba es muy ilustrativo-. Pero Gallardón, como buen jesuita, está acostumbrado a defender tesis contrarias con la misma vehemencia y si fuera necesario que nadie dude que lo volvería a hacer.

¿Cuál es el verdadero Gallardón? ¿El que rompió el monolitismo de su partido y se ofreció casi sin pestañear a casar parejas de homosexuales en el Ayuntamiento de Madrid y aplicar la ley de ZP o este otro, el que parece dispuesto a que el aborto en este país vuelva a la clandestinidad y a las sombras de los años negros del franquismo, al aborto para quien pueda pagárselo, pero eso sí en el extranjero? Posiblemente, ninguno de los dos. Porque lo importante para el actual ministro de Justicia está casi siempre muy cerca: es el propio Gallardón. Y el sentido de la oportunidad sin reparar en los medios y las víctimas de sus decisiones su auténtica religión. En twitter @plopez58

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