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26J: cuatro pierden, dos ganan

Más allá de quienes se consideran legítimamente ganadores de la contienda electoral -el PP- y, en menor medida, el PSOE salvando los muebles, y quienes son los grandes damnificados, Ciudadanos y Unidos Podemos, éstos últimos por hacer campaña virtual mirando a las encuestas, están esos otros ganadores y perdedores de los que se habla menos. En el lado de los triunfadores podemos situar el populismo y la corrupción, y en el de los grandes damnificados a los jóvenes, las encuestas, Cataluña y la izquierda sin etiquetas. Aquí algunas de las razones. Empecemos por estos últimos.

Los otros perdedores.

Los jóvenes. Posiblemente sean ellos, aunque no lo sepan aún, los grandes perdedores de estas elecciones. Creyeron muchos que era posible caminar hacia un país diferente, moderno, más justo, que apostase por su futuro, que rompiera amarras con lo peor de los últimos 30 años, ya saben el nepotismo, la corrupción, los males heredados del turnismo del XIX…,  y de pronto se levantan viendo que todo eso está un poco más lejos. A semejanza de lo sucedido en el Brexit pueden pensar aquí también que quienes menos tiempo les queda de vida siguen empeñados en cegarles la salida. Uno de estos jóvenes lo explicitaba gráficamente la noche electoral en un tuit. “No tenía claro si comprarme o no el billete a Holanda, pero viendo el resultados del 26J lo voy a hacer”. Y un país que dilapida y pierde a sus jóvenes, a sus mejores, que les condena a la emigración y al subempleo, es un país sin futuro. O con un futuro negro. España misma.

Las encuestas. Las empresas demoscópicas son otros de los grandes derrotados del 26J. Con permiso de El Roto, la imagen podría ser más o menos esta: una viñeta con dos prebostes del mundo financiero, rechonchos, satisfechos de sí mismos, sentados en sus grandes sillones de piel, frente al gran ventanal de su gran oficina con ventanales sobre el skyline de la gran ciudad, fumándose un puro y comentando el resultado del 26J:  “Pobres. Ilusos. Imbéciles. Creyeron que podrían derribar estos muros… Sólo tuvimos que darles a comer unas pocas encuestas y han acabado atragantados”. Las encuestas, sí, se han rebelado como la gran amenaza para el cambio y la trampa mortal de quienes las creyeron y confundieron su realidad virtual con la realidad del país y no supieron leer la cocina de esa comida electoral que ha acabado por provocarles un empacho del que tardarán en superarlo.

La izquierda. Así en general. Sin siglas. Sin aditamentos. La gente no militante que creyó. Y es que Unidos Podemos y el PSOE se han pasado seis meses mirándose de reojo, marcándose, como dos ciclistas dopados que solo aspiran a no perder con el otro, sin darse cuenta y sin prestar atención a todo lo demás, a su flanco derecho. Han aspirado a ser segundos y de pronto, llegados a meta, descubren que eso es casi tanto como no ser nada. Y ahí siguen, culpando al otro, lamiéndose las heridas, pero sin entender en muchos casos qué ha pasado y qué está pasando en la calle. 

Cataluña. Una cuestión y no menor ha sido Cataluña. Ha sido este posiblemente un paso más en el camino de la desafección. Algunos pueden confundirse y creer que los aparentemente “excelentes” resultados de Adau Colau y su alegre muchachada bajo la marca En Comú Podem, repitiendo triunfo en su feudo, son un buen síntoma, pero posiblemente sea justo lo contrario. Cada avance por la izquierda que ha vivido este país –sucedió con González en el 82, con Zapatero en el 2004- ha sido de la mano de una movilización masiva del voto ciudadano en Cataluña. Justo lo contrario de lo  sucedido ahora donde la participación ha sido de las más bajas del país. La ilusión del cambio en Cataluña fue la gasolina que prendió en el resto del país. Y los catalanes –o una buena parte de ellos- en esta ocasión se han quedado en casa en proporciones muy superiores a las del resto de sus compatriotas. Y seguramente de manera justificada. Cansados, asqueados, hartos de votar y hartos como deben estar de que los políticos, los de allí pero también de los de aquí, hartos de votar, les convoquen una y otra vez sin un horizonte claro, posible, creíble. El problema catalán queda así en el limbo, aplazado, en ese lugar donde casi nada parece que pueda hallar una vía de salida. Sin frío ni calor, pero lleno de magulladuras, hondas y profundas, que serán a buen seguro de difícil sutura. Con los nacionalistas independistas empeñados en el raca-raca de un imposible político y el resto en la disyuntiva de un cruce de caminos que no parece llevar a ningún lado. Y eso no es, no parece, bueno para Cataluña, pero, seguramente, tampoco para el resto del país. Lo que decíamos, más desafección.

Y dos que ganan.

La corrupción. Sin duda es esta la gran vencedora de la noche electoral del 26J. Cabe preguntarse si cuando las huestes del PP se atrevieron a cantarle a su amado líder, Mariano Rajoy, el grito podemita del “Sí se puede”, estaban en realidad perdonándole todos los pecados de la corrupción, y pidiendo clemencia por su pequeña infidelidad del 20D con el ciudadano Rivera. También por haber dudado de él tras los SMS a Bárcenas, por el del ministro-policía que persigue a sus adversarios políticos utilizando las instituciones del Estado. La corrupción como forma de hacer las cosas, como organización social, como lógica que aplasta los principios de igualdad, mérito y capacidad, esa fue la gran dama blanca triunfadora en la extraña e inesperada noche electoral. Y no lo dice uno, lo dicen los propios que jamás imaginaron que eso sucedería. Fue la oficialización del sacramento del perdón de la gran corrupción que mueve los hilos de la economía en esa alianza infernal entre la política y los intereses espurios de la gran empresa a través de los pasadizos que abren las puertas giratorias. Pero también, y de alguna manera, hay que reconocer que con ello se daba carpetazo a la pequeña corruptela, la del sálvense quien pueda, esa que sirve de excusa y justificación a aquella otra porque reparte las migajas que caen de la mesa tras cada gran bacanal. Y de esa manera, perdonando aquella, perdonamos esta carcoma que tanto hiede y corroe la sociedad haciendo muy difícil su regeneración. Otra oportunidad perdida gracias al apoyo de su mejor aliado. El virus -a mayor corrupción, más votos- que ha asolado a la Comunidad Valenciana durante veinte años empieza, además, a tender raíces y tentáculos en amplias zonas del país. Y esa ampliación en el territorio lo hace, si cabe, más inmune a tratamientos de choque.  

El populismo. No el supuesto populismo de Podemos, machacado mediáticamente en estos meses de forma planificada, constante, sino ese otro populismo, menos evidente si se quiere pero más eficaz a la postre, el populismo genético del PP. Contrariamente a lo que se ha hecho creer, una lectura sosegada, un diagnóstico del porqué de los resultados electorales quizás permitiría conocer en detalle que el populismo de aparente baja intensidad que anida en el PP ha sido ese otro gran vencedor de la noche. El populismo que surfeó todo el Brexit, ese que tiene al Reino Unido y a la UE medio paralizadas y al borde del precipicio, el populismo del miedo a lo extranjero que ha permitido la mayor crisis de refugiados en las puertas de Europa tras las Segunda Guerra Mundial, ese populismo a veces tan difícil de percibir y señalar pero tan eficaz para llenar las urnas del voto del miedo. Es ese populismo que conecta con lo primario, caciquil, patriotero, ese que está convencido de que la Ley Mordaza le protege, ha sido muy posiblemente el otro gran vencedor aunque pocos se atrevan a nombrarlo así. 

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