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Ramón Espinar y la Ser, una malísima noticia

No hay nada mejor que las situaciones extremas para que empiecen a caer las caretas. El mal llamado "caso Espinar" (yo preferiría llamarlo "caso Cadena Ser-Prisa") ha sido una de estas últimas situaciones extremas. El conteo de víctimas no sé si incluirá al final del recorrido al senador de Podemos Ramón Espinar, eso lo tendrá que decidir el propio Espinar y su partido, pero lo que es seguro es que en ese recuento habría que empezar a colocar en lugar preferente ya a algunos (bastantes) periodistas, tertulianos y medios de comunicación. La Ser y algún programa de La Sexta, parece que están entre los que pueden resultar más dañados.

Ellos, la gente de la Ser, aparecía a los ojos de muchos ciudadanos –cada vez menos, es cierto- como santones del buen y escaso bien hacer periodístico de este país, una ventana por donde se podía respirar algo de aire fresco en medio de un clima cada vez más enrarecido, pero tras este último y otros episodios recientes puede que acabe pasándoles como a sus hermanos mayores del diario El País. Que estén al borde del precipicio de la credibilidad, esa que tanto cuesta ganar y que es casi imposible recuperar cuando se pierde. Para comprobarlo solo tendrían que mirarse en el espejo que tienen cerca, muy cerca.

Al pairo de un dossier publicado en su último número por cooperarativa periodística La Marea cuya lectura es altamente recomendable para conocer algunos detalles sobre "el mundo de Felipe González" y sus amistades peligrosas y titulado El Conseguidor se habla con profusión de datos de esta imparable decadencia del grupo Prisa y de su buque insignia El País y de su correlación con la decadencia electoral del PSOE. Y como muestra un dato: quien fuera uno de los redactores jefes del diario El País, Pere Rusiñol, nos recuerda en un artículo que “Desde 2008 ‘El País’ ha perdido el 49% de sus lectores y el PSOE, el 52% de sus votantes. Y no se atisba el fondo”. Un dato muy revelador puestro en contraposición y digno de mejor estudio.

 Y es que afirmar hoy que la Cadena Ser en su programación nacional se ha dejado en este corto trayecto y en esta operación algunas de las plumas de decencia profesional que aún les quedaba a ojos de una parte no despreciable de su audiencia, no es ya ni parece exagerado. Habrá, lógicamente, quien no esté de acuerdo con la afirmación, pero también son legión los oyentes que seguramente compartirán esta realidad. Sólo hay que leer entre las líneas de los foros de lectores y oyentes de los noticiarios de la semana, lugar donde en muchos casos se aprende mucho más que en las propias noticias sobre el pálpito y el sentir del país real en el que se habita. Nada nuevo. Es la historia del cura predicando desde el púlpito.

Y es que, por duro que parezca, en el caso que nos ocupa hablamos aquí de periodistas y tertulianos que se diría que han actuado como auténticos voceros de las líneas editoriales de sus empresas, que se han mostrado como verdaderos perros de presa y sumisos, que parecían más preocupados en defender sus culos laborales (y con perdón) que en poner a salvo sus principios éticos y profesionales. Y tampoco es difícil aventurar que ellos, como muchos de sus lectores-oyentes, sabían bien ( y si no lo sabían entonces es que nos encontramos ante una situación aún peor, es que nos hallamos ante un grupo de ignorantes e inquisidores sin más) que no había tal presa, al menos tal y cómo ha sido presentado el caso y con la dimensión y el despliegue informativo y estratégico que se le ha dado al asunto. Al menos, dicho sea esto con las reservas lógicas tras lo publicado, oído y leído hasta aquí. Vamos por partes.

Pero, para que esta operación triunfase, esta forma de actuar muy propia de la caverna mediática, tan preocupada ella y sus voceros en la descalificación del contrario como en ocultar las miserias de los propios (y en eso ABC, La Razón, Ok diario, 13TV son unos maestros…), antes, decía, había que tener abonado el terreno. Para que una información con medias verdades enraizase, antes había que sembrar la semilla. Y a ello bien que se han aplicado los gestores y responsables de Prisa en los últimos años a través de varios EREs en el diario y en la emisora de radio que fueron tirando por la borda o arrinconando a muchos de los mejores periodistas de este país o bien a través de las sucesivas purgas ideológicas. Es en este marco y no en la libertad de empresa como se arguye donde se inscribe posiblemente la penúltima operación limpieza que ha supuesto la salida de colaboradores como Ignacio Escolar o Fernando Berlín, muy posiblemente por tenez voz propia y en algunos casos diferenciada a la línea editoral del grupo Prisa y a los intereses de alguno de sus máximos resposables. La denuncia reciente de Pedro Sánchez en Salvados ante Jordi Évole acerca de las presiones sufridas para torpedearle cualquier posibilidad llevar a cabo un gobierno alternativo a P solo parecen confirmar las peores hipótesis y no parecen ajenas a esta misma operación. Que todo ellos haya sucedido justo en la semana en la que Mariano Rajoy tenía previsto anunciar su nuevo gobierno con los resultados de todos conocidos, debe ser solo una casualidad. 

En los medios al servicio del conservadurismo político, social y económico que son claramente mayoría en este país es manual conocido esta forma de proceder, y ello porque están acostumbrados, se saben el guión y tienen la plantilla perfectamente calibrada para actuar cuando la ocasión lo requiere. Eso permite que les veas venir y sepas distinguir el polvo de la paja, aunque, a veces, también haya paja que entresacar. Se trata en estos casos de soltar la presa, esperar a que rebote en el medio y ver como todos ellos se ponen a correr como pollos sin cabeza detrás sin dar tiempo a la reflexión serena del dato y del hecho contrastado, mezclando información con opinión en una pócima letal para el buen juicio.

Pero lo novedoso ahora en el panorama mediático ha sido el “copia y pega” de esta manera de proceder de otro medio que parecía hasta cierto punto serio y responsable. Lo llamativo, digo, es que a esta forma de proceder se ha sumado lo poco de dignidad mediática, en el sentido de los valores fundaciones del periódico El País allá por el año 1976, que le quedaba al grupo Prisa (El País de papel hace tiempo que vendió su alma al diablo y que sus lectores más críticos lo dejaron por imposible). Lo realmente novedoso y que ha dejado descolocada a mucha gente ha sido que el bombardeo venía de La Ser, la emisora amiga. Eso le daba a la noticia/denuncia una pátina de seriedad y credibilidad.

Pero sucede también que estudiando los titulares uno a uno y los programas y las muchas horas dedicadas por esta emisora al tema en todos y cada uno de sus programas durante la semana que ahora acaba y el entusiasmo con el que parecen haberse sumado a la operación las vacas sagradas de la casa, gente como Pepa Bueno, Angels Barceló, Isaías Lafuente y tantos otros, es fácil y posible seguir el rastro del crimen perpetrado y también las huellas que han ido dejando sus autores. Este sería, sin duda, un buen trabajo para una facultad de periodismo. Sobre cómo un equipo profesional acaba obcecado y con la vista nublada.

Desde los titulares iniciales ya quedó claro que esta no era una cuestión periodística de investigación al uso en la casa y cuyo objetivo era mejorar la calidad democrática de la vida pública y denunciar la corrupción allá donde la hubiera. Con una lectura sosegada de los titulares primeros ya se adivinaba –ellos no lo van a reconocer nunca, faltaría más- que estábamos y estamos en otra cosa. Estamos en que había que construir una acusación y casi lo de menos era que aún no se tenían las pruebas suficientes para hacerla pública, era como si hubiese una prisa extraña que acelerase el acontecimiento. Y eso es, pura y llanamente, manipulación. ¿O debemos llamarle corrupción periodística? Porque este término, tan utilizado en otros ámbitos políticos y urbanísticos y tan poco usado en todo lo que afecta al periodismo, quizás debería empezar a ser utilizado más por los ciudadanos para referirse a ciertos procedimientos y prácticas profesionales de algunos medios informativos y empresas periodísticas cuya única razón de ser pareciera el poner y quitar gobiernos no respetando la voluntad popular libremente expresada.

En esas primeras informaciones, decíamos, se hablaba de que alguien importante del partido de Podemos –el nombre, mirado con distancia, es casi lo de menos- había especulado con una vivienda protegida, que en pocos meses entre la compra y la venta de la misma había ganado 30.000 euros del ala y ¡sin siquiera llegar a vivir en la casa! Y que, además, la operación urbanística había tenido lugar en una población en la que el comprador no era ni siquiera vecino. Esas fueron, recordémoslo, las cuatro partes esenciales con las que empezó todo y que se repitieron de forma machacona incluso cuando la realidad empezó a desmentir alguna de ellas. Y, claro, dicho así, sin aclarar, ni, al parecer, tener ganas de aclararlo, y metiéndolo todo en el mismo saco de la vivienda protegida, parecía efectivamente un caso grave. O, al menos, parecía que había caso.

Pero sucede también que las cosas no eran como se contaban allí, al menos no lo eran en una parte esencial de esas afirmaciones. Y sucede que no es lo mismo vivienda protegida de promoción pública, que vivienda protegida de protección privada; no es lo mismo vivienda social que vivienda protegida; y ya puestos y en el caso concreto de la Comunidad de Madrid, no es lo mismo vivienda protegida que vivienda joven… En fin, detalles sin importancia, errores menores, dirán algunos. Pues puede que sí y puede que no.

Puede que no sean precisamente errores menores. Todos ellos son conceptos que pueden parecer lo mismo para el profano pero que no son en absoluto lo mismo a la hora de tener opinión sobre el comportamiento más o menos ético del acusado, que era al parecer de lo que se estaba cuestionando, y aquí hay que reconocer que ellos mismos reconocieron desde un principio que "todo era legal". Estos "pequeños detalles" -no era promoción pública, no era vivienda social...- tienen mucho que ver con los compromisos que el comprador adquiere al comprar la casa y su mayor o menor libertad y condicionantes a la hora de venderla si su situación personal le obliga, como parece es el caso, así como en el origen de la financiación de la obra y como cualquier especialista en la matería podría aclarar. Y ya puestos a referirse a esos "pequeños detalles" decir también que tampoco es lo mismo comprar una vivienda en 2007, escriturarla en 2010 y venderla en 2011 como parece que sucedió con el senador de Podemos, que lo afirmado en titulares del cuerpo 85 por esta emisora de radio durante muchas horas del primer día de autos e incluso en jornadas siguientes. Y todo ello con un despliegue gráfico en su página web que para sí lo quisieran asuntos muchos más trascendentes para este país.

Pero, claro, si se contaba todo eso desde el inicio, si se decía que el comprador –un tal Espinar- no la había habitado porque, entre otra razón no menor, no estuvo construida hasta 2010; si se aclaraba que no era una vivienda social, ni siquiera una vivienda protegida de promoción pública, si se decía que la compra –no es lo mismo comprar que escriturar, eso hasta ellos deberían saberlo- se hizo en 2007, se escrituró en 2010 y se vendió en 2011… si todo eso se contaba, y es muy posible que la emisora tuviera esa información, entonces la gran denuncia y la gran exclusiva del año empezaba a no ser ni tan grande ni tan exclusiva. Y hasta puede que no fuera ni noticia.

Y es que, como digo, todos esos datos -que se compró en 2007, que no era una vivienda de promoción pública, que no se habitó porque no estaba construida…- es de imaginar que una emisora como la Ser que asegura que llevaba trabajando en el tema varias semanas, lo supiera. O era su obligación saberlo antes de acusar a nadie con datos que sí se han demostrados falsos, al menos en parte. Y ya se sabe que muchas veces, en el periodismo como en tantos otros órdenes de la vida, no hay mayor falsedad que difundir una verdad a medias. Y esto en las redacciones de los medios de comunicación bien lo saben y lo sabemos todos. Pero ellos sabrán por qué optaron por lo fácil. Por la media verdad, por enseñar solo aquello que confirmaba esos presuntos intereses espurios y ocultar los otros. Por qué optaron por el corta y pega propio del periodismo amarillo. Conocidos los hechos en gran medida parece meridianamente claro que se optó por la confusión y se apostó por el enredo, por difamar sabiendo que algo quedaría de todo ello. La insintencia durante días a pesar de las evidencias parecen evidenciar que había intención clara de ensuciar y no aclarar.    

Por eso lo del principio. Lo de las víctimas. Está claro que Ramón Espinar es ya una víctima, un tema muy importante para el afectado pero irrelevante para la mayoría de la gente de este país apenas pasen unas jornadas. Que el partido Podemos es otra de las víctimas es también claro. Pero eso casi va de lo suyo, de eso se aprovechan los grandes medios de comunicación al servicio de la oligarquía y de sus deudores, de ensuciar con brocha gorda todo aquello que sienten les amenaza y para conseguir este objetivo van lanzando continuos avisos a navengantes alertando de que quien quiera navegar tendrá que aprender a hacerlo en este mar lleno de tiburones y con una muy alta posibilidad de no llegar vivo a puerto, se sea o no culpable. Eso -la verdad y los hechos- en el manual del periodismo amarillo es lo que menos importa. Más o menos como han hecho aquí durante toda la semana una interminable ristra de periodistas, tertulianos, televisiones, periódicos que ocupan los principales púlpitos de la información y que parecían más interesados en subir los decibeliso del circo mediático que en conocer la verdad del tema. 

Pero más allá de todo ello, de todo este lamentable circo mediático que solo provoca ruido y más ruido, lo más grave y triste de todo este oscuro capítulo es que detrás de esta deriva informativa parece cada vez más evidente que, al igual que sucede con los políticos y el peligroso latiguillo del “Todos son iguales”, puede que algo de esto esté empezando a suceder en este país con los medios de comunicación más importantes en audiencia. Que cada vez más y más gente progresista, de izquierdas, o como puñetas se le quiera llamar a quienes piensa (pensamos) que otra forma de hacer periodismo es posible, esté empezando a creer que en este país (casi) todos los medios de comunicación son ya iguales. El pelígroso "Todos son iguales" dedicado a los políticos que tanto dificulta cualquier regeneración. Esa puede ser la mayor de las víctimas del mal llamado “caso Espinar”. El desamparo informativo de miles y miles, quizás millones, de personas que puedan llegar a pensar que ninguno de estos grandes medios les representa. Podría suceder así que las víctimas no sean la dimisión de un senador de Podemos y, de pasada, su grupo político. Que la víctima más relevante pueda acabar siendo el Periodismo en mayúsculas. Y eso si que sería una mala, malísima, noticia.

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